Mostrando entradas con la etiqueta agresor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta agresor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de mayo de 2009

Carta de Vanessa a su agresor

Carta del 27 de Marzo del 2009

No sé si algún día llegareis a leer esto. De todas formas, me quedaré corta en todo lo que os diga. Tan siquiera sé a qué conducirá. Lo que si que sé es que es algo que necesito hacer y, finalmente, me he decidido. Hablo en plural porque fuisteis más de uno. ¿Os pusisteis de acuerdo o algo? ¿Echasteis a suerte a quién le tocaba en cada etapa de mi vida? o ¿es que tenía un cartel “abusad de mi” en la frente?.

Tú, el primero de todos, mi “primo” (por decir algo porque hace mucho tiempo que no eres de mi familia). No sé que edad tenía cuando empezaste, 5, 6 años, incluso menos. ¿Te acuerdas? No lo creo. Hace mucho tiempo de ello y además conseguiste escaparte del “marrón” protegido por tu padre. Pero, ¿sabes qué? Yo si que me acuerdo y me acordaré toda la vida. No de todo, pero tengo escenas y momentos grabados en mi memoria que nunca se borrarán por más que quiera.

Me dejabas la Gameboy, que buen primo ¿verdad? Ganándote mi confianza para después aprovecharte. Si yo jugaba, tu también. Para ti, perfecto. Cada fin de semana que venias a comer a casa con tu padre ¡a jugar! Para mi, eran juegos desconocidos ¿En qué clase de juego se le pregunta a una niña “donde prefieres que me corra, delante o detrás”? Ese, desde luego, no lo enseñan en el colegio. No recuerdo en qué pensaba en esos momentos. ¿En qué se piensa cuando te acorralan en una caravana o en un coche? ¿cuándo te hacen hacer cosas que no entiendes? Sin embargo, poseída por algo que todavía no se lo que es, las hacía.

Te pillaron. No recuerdo como, pero te pillaron. Mi abuela se lo contó a tu madre que creo que te dijo algo, no lo sé. Pero lo que nunca olvidaré es el momento en que tu padre te “defendió”. No sé si fue porque no se lo creyó o porque no quería creérselo. ¿Acaso me echaban polvos de talco por gusto? Supongo que debe ser duro que te digan que tu hijo es un abusador. Sus palabras sobre mi: “lo único que hará es romper la familia” te abrieron las puertas de la libertad mientras que alicataban las mías. ¿Seguro?¿Era yo la que iba a romper la familia? ¿Era yo la que estaba abusando sexualmente de una niña?...Mi tío, el que tanto me quería, el que tanto me enseñó, con el que tan bien me lo pasaba...te salvó.

Por si con uno no había tenido bastante, vino otro. Tú...¿qué? ¿querías practicar y no se te ocurrió nada mejor que probar con una niña? Bueno, por lo menos, de vez en cuando, me dabas cinco duros. Supongo que para comprarme chicles y que se me fuera el sabor asqueroso de la boca. A punto estuvieron de pillarte, pero te libraste. Luego se ve que encontraste novia y ya no te hacía falta. Seguro que ya eras todo un experto.

Y, para “rematar la faena”, apareció un tercero. Tú has sido el peor de todos. Quizás porque ha durado más. Quizás porque eres el más reciente y por lo tanto del que más recuerdos tengo y más me ha afectado .O quizás porque te sigo viendo la cara. No me acuerdo de cómo y cuándo empezó, pero sé la fecha exacta en que acabó (aunque hayas vuelto a intentarlo varias veces). Cuando tuve el valor suficiente de evitarlo, de ignorar tus: “ven”. Antes de eso tu ya habías disfrutado bastante. ¡Iluso! Creías que me hacías disfrutar a mi también, nada más lejos de la realidad. Cuando no contestaba a tus “¿te gusta?”, cuando te decía que no quería hacer algo, aunque fuera con un leve movimiento de cabeza, o cuando desoía tus peticiones, era por algo.

Cada vez ibas cogiendo más confianza y te ibas pasando más. Llegaste al punto de decirme algo parecido a “a ver cuando lo haces y así te puedo follar”. ¿Qué, tenías miedo a hacerlo tu? Miedo para lo que te da la gana, porque incluso delante de gente no te cortaste ni un pelo.

Fueron tantas veces, tantas...

Mi subconsciente, harto de la situación, trató de llamar la atención con malas notas, pero su intento fue en vano. Lo único que consiguió fue bajar mi media y enviarme a septiembre.

Con lo que ahora te digo puede que me rebaje a tu nivel (aunque dudo que pueda llegar tan bajo), pero, sinceramente, me da igual. Me gustaría vengarme. Golpearte con todas mis fuerzas, que sintieras mi ira acumulada rompiendo todos y cada uno de tus huesos. Que sintieras el dolor. Así sufrirías una mínima, tan solo una mínima parte de lo que yo he sufrido. Comparando con el mio, ese sufrimiento sería como un leve rasguño. Nunca llegarás a hacerte una idea de las consecuencias de tus hechos.

Podría denunciarte, de hecho, es lo que debería hacer. Pero, si la justicia cumpliera, ¿qué sería lo peor que te podría pasar? ¿ir a la cárcel un tiempecito? Claro, tu en la cárcel viviendo “tranquilamente” mientras yo lucho por olvidar, por ser normal, por intentar ser “como todo el mundo”. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que hacer eso? ¿Por qué en lugar de pasarlo mal porqué me ha dejado el novio o porqué me han caído tres, como cualquier adolescente, tengo que comerme la cabeza? Fácil, por tu culpa. Por vuestra culpa. Hubiera preferido que me matarais a que hicierais lo que hicisteis. Aunque en el fondo, también me asesinasteis

Lo que más me sorprende es la doble cara que tenéis. Vuestra capacidad de ocultaros y hacer como si nada. Es como si te clavaran un cuchillo y, después, se muestran tan normal ante los demás y ante ti misma. Sin sentimiento alguno de culpa ¿No os dabais cuenta de lo que acababais de hacer? Pero claro, yo os ayudaba y os ayudo a ocultarlo, aunque sigo sin saber porqué tenía ese miedo a que se descubriera cuando en realidad lo único que deseaba es que se acabara.

Me costó mucho relacionar lo que me pasaba, cómo era, con los abusos, pero cuando me di cuenta, todo empezó a tener sentido. La antisocialidad, el aislamiento, los días en casa, el silencio, las ganas de nada, la desconfianza, la falta de concentración, la indiferencia ante todo, la baja o casi nula autoestima, el sentimiento de culpa, la introversión, los momentos depresivos...todo. Y esto, la mayoría del tiempo, sin darme cuenta, considerándolo como algo normal en mi vida. Pero no lo es.

Y las consecuencias no han sido solo para mí, sino que, sin saberlo, he ido salpicando con gotas de culpa a mi familia. Desconocedora del porqué, ha tenido que aguantar y lo sigue haciendo.

Cuando abusan de un niño le quitan su infancia, no tiene nada, no crece como persona. Aprende a vivir sin hacer caso a sus sentimientos, porque sentir duele. Se queda sin intimidad, sin la posibilidad de descubrirse, porque ya lo han hecho otros. Sin saber distinguir, en muchas situaciones, lo que está bien de lo que está mal, porque, simplemente, no sabe. Vosotros me quitasteis mi infancia sin que me diera cuenta y con ello mi futuro. Y ahora, la lucha por ser alguien, cuesta mucho, demasiado.

Sin embargo, llegados a este punto, donde parte de lo más difícil ya lo he hecho, miro al futuro con cierta esperanza. Porque puede que haya nacido para algo más que para eso, aunque muchas veces lo haya dudado. Puede que mi destino sea otro. Solo necesito empezar a creérmelo. Empezar a quererme.

http://forogam.blogspot.com/2009/03/carta-de-vanessa.html

sábado, 24 de enero de 2009

Carta de Francisco a su agresor

Alejarme de ti resulto un gran alivio para mi. Recuerdo aquella mañana cuando partí de la ciudad con aquel cielo gris y aquella lluvia. Sentí una paz extraña. Me gire hacia atrás para ver como me iba alejando de la ciudad y como dejaba atrás tanto sufrimiento. La mente se me quedo en blanco, pero no tenia conciencia que tenia muchas heridas abiertas y no curadas y me las llevaba conmigo. Había llegado este momento tan esperado y ya tenia seguro que jamás te volvería a ver. Con el tiempo hice un pacto conmigo mismo de no volver al menos pasado muchos años o nunca más.

Pero en mi mente siempre tenía alojado los recuerdos que afloraban cuando menos lo esperaba, dolía e intentaba quitármelos de la cabeza. Durante años intentaba sobrevivir aunque alejado de ti sentía tu presencia con recuerdos repugnantes. Tenía alguna esperanza que con el tiempo el daño y los recuerdos desaparecerían. Pero no fue así. Me condenasteis a tener que revivir aquellos momentos, al silencio, sucesos que me resultaban muy vergonzosos y aunque al alejarme de ti, el miedo a tu presencia terminó, aparecieron otros miedos. Tenía miedo a las personas, a nuevas relaciones, las evitaba, luché contra esto, algunas batallas pude ganar, pero seguía siendo desconfiado. Prefería la soledad que el contacto con los demás, no quería arriesgarme a que me hiciera daño de cualquier forma.

Me traicionasteis, me utilizasteis como si fuera un muñeco o un simple objeto de placer, como si fuera de tu propiedad, destruisteis mi infancia, y me trasmitisteis la idea que no era nada. Un ser diferente marcado por sucesos infames de los que me sentía cómplice. Hay algo que me hace tanto daño como las cosas a las que me sometías, y es obligarme a callar. Te obedecí. He llevado esta maldición del silencio durante muchos años. Me he sentido muchas veces como si hubieras matado mi alma. Me hicisteis insensible, no era capaz de sentir las cosas buenas que tiene la vida y no tenía ilusión por seguir en este mundo. No creía tener muchas razones para vivir y seguir con esta pesada losa, pero al final pensaba en el daño que podía causar y aguantaba.

Me robasteis el alma pero tú no la poseías; no creo que pensaras el daño que le infligisteis a tus inocentes victimas, sólo pensabas en ti mismo y te importaba poco el daño que me hacías. De que te sirvió estar entre rejas, ojala no hubieras salido nunca, no merecías estar con personas porque tú no eras una persona. Hace un tiempo que dejé de creer en la justicia y empecé a creer en otra justicia.

Jamás creí que llegaría una ocasión donde contara lo que tanto temor tenías. Tenías miedo que se lo contara a mis padres ¿Qué hubiera pasado si lo hubiera contado? No tengo nada claro que hubiera pasado, pero con tus antecedentes supongo que te hubiera mandado de vuelta a la cárcel. Se que lo pasasteis muy mal y creo que yo formé parte de una venganza. No podías con alguien más fuerte, pero como eras tan cobarde utilizasteis a lo más vulnerable y débil que tenías cerca, volviéndolo a repetir. Puede que tuvieras más miedo a la cárcel que mi familia conociera tu verdadera condición. Hay algo que me cuesta aceptar, y es que tu familia no contara a la mía lo que eras capaz de hacer. Yo los quería pero ahora ya no siento nada por ellos a pesar que viví buenos momentos con ellos. No recuerdo que te despreciaran, pero he sabido de tu hermana y de tus sobrinos, que al final te daban la espalda. Solo soy capaz de recordar lo mal que te llevabas por presenciar una discusión con un vecino y todo por la envidia que le tenías, o puede que no lo soportaras al ser un miembro de la seguridad ciudadana. Ahora me pregunto si los vecinos lo sabían cuando vivía allí.

Y un día mi mundo lleno de secretos se derrumbo. Fue de una manera que he intentado analizar pero no he podido saber con seguridad como llegué hasta aquí. Puede que por unas noticias que me perturbaron. Pero aun así sin las condiciones que me llevaron a romper el silencio tampoco hubiera hablado. Creo que fue porque me sentía preparado para dar este paso y porque tenía una ocasión de hacerlo con alguien que apenas conocía y jamás había visto. En ningún caso tenía pensado contarlo a mi familia. El poder que me arrebatasteis lo recupere. Fue tal el alivio que sentí que desde entonces empecé notar cosas que jamás había imaginado. El paso más grande, aquello que tanto temías: que se lo contara a alguien de mi familia. Al final lo hice. Todavía vivías. Me alegro que siguieras vivo porque ahora me tocaba a mí.

Después de contarlo deje de sentirme avergonzado. Quería que más personas supieran las razones y el origen de todo mi mal. Salió algo de mi que llevé durante tiempo y que solía dirigir contra personas que de algún modo me dañaban. Lo peor de todo es que esto me destruía por dentro. Es el odio, no estoy seguro, pero esto en gran parte te lo debo a ti. Así que dirigí todo el odio y la rabia acumulada durante años sobre ti. Hablé y hablé; era una forma de vengarme de ti. A la vez empecé a maldecirte. El momento más crítico fue saber que no fui el único. Esto me lleno de más furia que dirigí sobre mi padre por culparle de muchas de las cosas que me ocurrieron, incluida su manera de educarme. Si supe de esto fue por contar algo que me ocurrió el día de mi cumpleaños, cuando recibí algunos golpes, uno de ellos muy fuerte en el estomago. Parece una locura contar esto pero fue como el presagio de tu final. 138 días duró desde que empezó todo hasta que dejaste de existir. Mientras yo hablaba, tu agonizabas de un mal que tenías donde yo recibí el golpe.

Me sentía poderoso y a la vez creía estar volviéndome loco. Cuando supe que dejaste de respirar, sentí algo que no entiendo, supongo que me alegraba. Llegué a creer que fui yo quien te llevó hasta tu final. Pero esto me llevó a la locura. Creía que no podías tener alma pero al mismo tiempo temía que si y que vendrías a buscarme. Todas las crisis que tuve entonces tenían que ver con esto. Pensé que te apoderarías de mí, pero había algo mas fuerte que no dejaría que ocurriera, no estaba solo, luche y esta vez te gane.

Con el tiempo empecé a pensar que la venganza mas positiva seria que llegara a superar todos los estragos que me causantes, que fuera feliz. Muchas veces creía que mi mayor triunfo sobre ti seria borrarte de mi mente, cosa inútil. Mi hundía para volver a levantarme. Si algo he ganado durante este tiempo es tener personas que han estado a mi lado, que me han apoyado y ayudado. Me han dado fuerza para seguir, y una muy especial me animó aunque en mi mente anidaban muchas dudas. La idea era enfrentarme con el lugar, ir hasta allí. Estar frente a tu puerta. No me sentía solo, creía tener detrás de mi un ejercito de personas dignas que clamaban justicia. No se explicar que pensamientos pasaron por mi cabeza. Llegué a tener un miedo injustificado, al principio, cuando los niños que vivían en mi antigua casa se acercaron a tu puerta. Lo bueno es que me hicieron recordar cuando yo jugaba en mi casa. Me he llegado a odiar a mi mismo por no contarlo antes creyendo que podías hacer daño a otros niños. Me quedé muy tranquilo sabiendo que nunca más te acercaras ni a estos ni a ningún niño más.

Después de aquel momento me tocaba enfrentarme solo a mis miedos. Volví aquel lugar que me llevaste, a la playa, ¿te acuerdas? Aquel lugar tranquilo y solitario alejado de la ciudad. Volví allí, no había tranquilidad, el mar estaba enfurecido y el sol salía tímido entre las nubes. Cuantas veces he pensado en este lugar y como con el tiempo intentaba evitar ir a la playa sin saber muy bien a que se debía. Y por la noche volví, llovía y el miedo me atrapó, me agarraba al paraguas y escondía mi cara. No entiendo que me pasó, pero recordé más adelante que era algo que me pasaba de niño cuando salía del colegio y volvía a mi casa. Pase por el portal y cuando me alejé, junto aquel lugar debajo de la platanera, me agache y cogí una de las hojas que estaba en la acera. Lo hice sin pensarlo, supongo que para intentar borrar aquel recuerdo, justo donde me obligaste a callar y a guardar el secreto.

Después de todos esos momentos que viví, de aquellas palabras que tu vecino pronunció: “el ya no esta” que se me quedaron grabadas, llegaron los pensamientos y los sueños. No me he enfrentado a ti pero mis sueños se encargaron de hacerlo. Algunos eran horribles, otros que no entiendo y pensamientos y miedos de ser como tu. Pero con la diferencia que todas las dudas las resuelvo. Y saber que mi mundo se llena de cosas que tú jamás disfrutaste, porque una persona sin alma es incapaz de ver ni sentir. Mi última batalla la he ganado, y que casualidad que has desaparecido de mis sueños, esos en los que conseguías que la cadena siguiera. ¡Malditas cadenas! El mundo esta llenas de ellas y hay que romperlas.

http://forogam.blogspot.com/2009/01/carta-de-francisco-1-parte.html

lunes, 5 de enero de 2009

Carta de Lorena a su agresor

COMENTARIO: Nuevamente desde la página de No se lo digas a nadie... llega otra carta de una mujer que fue abusada por su padre de pequeña... su propio padre... que triste puede llegar a ser la vida de un niño con relatos como éste.

Llevo tiempo buscando la mejor manera de expresarme, intentando dar con la fórmula que me permita contar —y contarme— mi historia. Y debería ser así, porque, a decir verdad, nunca lo hice; sólo fui capaz de plasmar pequeños fragmentos en clave en aquel diario que guardaba celosamente en mi adolescencia; retazos de un pasado donde relataba cómo me habían cagado la vida, cómo aprendí desde tan pequeña a sentir aquel odio tan inmenso…

Vueltas y más vueltas, viendo mi historia como un ovillo al que no acierto a encontrarle un principio. Pero lo encontraré; sé que hoy es el día indicado para sentarme a escribirla, porque estoy abierta hacia adentro, porque me estoy mirando, porque estoy sensible a mí, porque llueve… y porque tengo ganas de que me abracen.

Hasta acá, siempre me he sabido abusada sexualmente, y en este nuevo proceso que he iniciado me estoy ocupando de las secuelas, de las consecuencias, aunque todavía me cuesta mucho empezar por donde debo; allá donde más duele. ¡Me cuesta tanto recordarme y reconocerme en esas situaciones! No me gusta hablar de ello; nunca he podido sacar fuera esos recuerdos que, como dagas encendidas, corren y queman las venas, las entrañas…

Algunas imágenes son muy fugaces, pero al mismo tiempo van acompañadas de sensaciones muy fieles e intensas, sensaciones que quedaron impregnadas en la piel y que me remiten a una muy corta edad, quizá a los tres o cuatro años, y que no me abandonan hasta los quince…, quizá dieciséis.

Mi tío, el marido de la hermana de mi madre, siempre cerca, siempre dispuesto para el cuidado de su sobrina. Siempre con una buena excusa, buscando la ocasión para estar solos.

Algunas de las imágenes más nítidas pertenecen a la época en la que me subía a su chata. Lo recuerdo mirándome con esos ojos grandes y negros…; esa boca grandota y sedienta; sus manos pesadas y ásperas; su respiración incitante, con aquel olor que aún hoy suelo reconocer. Me llevaba con él a comprar las cosas para el asado familiar; me invitaba a aprender a manejar, subiéndome sobre sus piernas, apretujada contra el volante y su abdomen. Mientras con carita de distraída yo me hacía la que disfrutaba de aprender a manejar, él me recorría con esas manazas tan grandes, tan pesadas, tan ásperas, tan feas… Me fregaba y respiraba profunda y asquerosamente en mi oído. ¡Metía sus grandes dedos en aquel lugar que era tan mío! Y me respiraba al oído… Lo siento hoy, aún lo siento; el ritmo de la respiración agitada y entrecortada, como un gruñido entre dientes… Yo no lloraba. Por aquel entonces, de niñita, no lloraba. Tampoco escapaba, ni gritaba, ni me asustaba…

Guardo imágenes de algunas tardes de mucho calor, de cómo mi mamá nos preparaba a mi hermana y a mí para que el tío nos llevara a la pileta. Por alguna extraña razón, mi hermana siempre se lo hacía venir bien para que me tocara entrar primero a la cabina de la chata y sentarme al lado del tío. Recuerdo a mi hermana sentada en la otra punta de la butaca, con la nariz pegada a la ventanilla y mirando hacia afuera. Y yo al lado de él, para que hiciera lo de siempre. Después, en el agua, cuando me tiraba del trampolín y caía, y él me agarraba, me sostenía, me tocaba…, y también me penetraba.

A veces, sólo a veces, no quería tirarme del trampolín…

También recuerdo escenas en el patio de mi casa, a plena luz del día. Veo gente deambulando por la casa, aunque no logro descifrar qué hacían, dónde estaban con exactitud cuando él me tocaba y hacía que lo tocara; dónde estaban cuando me sentaba entre sus piernas y me ponía de rodillas, obligándome a hacerle tantas cosas que aún hoy me resultan innombrables.

Asco. Recuerdo haber sentido mucho asco. Tener que sentir y soportar todo eso en mi boca, mientras sus manotas, sosteniéndome de la nuca, me empujaban hacia delante y hacia atrás. Y yo no sabía dónde estaba la gente.

Otras veces, algún tiempo después, yo hacía mi tarea en la mesa del comedor y él llegaba de visita de rutina, como casi todas las mañanas. Se sentaba bien pegadito a mi silla. Mi mamá estaba de espaldas a la mesa, preparando el almuerzo, cortando, picando, trozando, lavando, mientras yo trataba de concentrarme en mis sumas, en mis oraciones, pero ese olor a… ¿sexo? No sé, sólo sabía que ese era su olor cuando tenía pretensiones conmigo. Ese olor empezaba a distraerme y me paralizaba; me quedaba quietita, como una estatua, procurando sólo toser o mover un poco más ruidosamente los lápices para que mi mamá no escuchara el ruido de su masturbación, ni el de su respiración. A veces, mi mamá se daba la vuelta y él continuaba con sus manos abajo, apoyado con los hombros en el filo de la mesa, su boca semiabierta y la lengua asomada, con cara de lobo sediento y hambriento, mientras yo hacía grandes esfuerzos para concentrarme en mi tarea, mientras mi corazón latía desbocado ante el temor de que mi mami lo advirtiera, ¡PERO NO!, ¡nunca advirtió nada!, hasta el punto que se sacaba el delantal y le pedía la gauchadita de cuidarme y ayudarme a terminar la tarea, mientras iba al centro de compras y volvía. Y se iba… ¡Siempre se fue! Entonces, mi pulso se aceleraba aun más, y aunque me aliviaba porque mi mamá no nos hubiera descubierto, temía por lo que vendría después. Sabía que tenía que dejar que las cosas pasaran, que era sólo un ratito. Cerraba los ojos y pasaba.

Me sentaba en la punta de la mesa y me penetraba. Yo no veía la hora para que terminara e irme corriendo al baño a lavarme. A veces dolía tanto que hasta llegaba a sangrar. A veces el olor era tan fuerte y nauseabundo que tenía que cambiarme la bombacha. Cuando al fin me dejaba, corría asustada a encerrarme en el baño. Me impregnaba con jabón para que nadie sintiera aquel olor cuando saliera de allí, siempre tratando de ocultar cualquier evidencia que pudiera develar aquel secreto… ¡¿por qué?!

Mis recuerdos más nítidos los ubico en aquellas mañanas en las que yo dormía… Escuchaba su chata llegar, escuchaba cómo entraba en casa. Entonces, yo me tapaba, aunque me muriera de calor. Me retorcía como un nudo, tratando de tapar cualquier hueco que quedara para entrar bajo el cubrecama… Sabía que vendría. Y así era. Antes que cualquier otra cosa, y como de costumbre, preguntaba por la chinita. Y mi mamá lo mandaba a despertar a la remolona. Oía cómo sus pasos se acercaban y en unos segundos se desbarataban todos mis esfuerzos con el cubrecama. Siempre encontraba el modo. Empezaba a deslizar su mano por mis piernas, mi pecho… Yo me hacía la dormida… ¡¿por qué?! ¿Por qué no me levantaba antes?, ¿por qué no gritaba?, ¿por qué no le miré a los ojos y lo corrí de mi cama?, ¿por qué no hice eso recién a los doce, a los catorce, a los quince?, ¿por qué no pude hacerlo antes?

Y acá lo más terrible que he debido afrontar: ¿disfrutaba? Era placer corporal, sensaciones desconocidas. La vida se me está yendo tratando de entender, de reconocerme como una criatura erógena, incapaz de distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal. Y es que ¿cómo podía estar mal algo que causaba tanto placer? Todavía hoy me cuesta encontrar respuestas. A pesar de toda la lógica y la racionalidad de mis años, sigo perdiéndome en el vacío. Si esto es así, ¿qué respuestas podía encontrar mi pobre niña?

¡Maldita sea! Siempre me dijeron que no comiera tantos caramelos porque se me caerían los dientes, pero nunca me dijeron que no dejara que me tocasen porque me arruinarían la vida.
Cuando advertí que aquello no era normal, ya era demasiado tarde. Él seguía insistiendo, aunque entonces ya podía hacer uso de buenas artimañas para esquivarlo, evitarlo, rechazarlo, correrlo… La última vez que intentó tocarme tendría yo alrededor de quince años, quizás. Pude pegarle una cachetada, mirarlo fijo a los ojos y advertirle que no volviera a intentarlo, que no se acercara más, porque todo el mundo sabría lo que me había hecho.

Imagino que seguirá viviendo con total impunidad, quién sabe si haciéndoles lo mismo que a mí a otras criaturas. Para todo el mundo fue lo mismo que esto saliera a la luz. Todos siguieron no estando, no viendo.

Y yo acá, tratando de reconstruirme desde otro lugar, desde otros afectos, otras emociones…; cometiendo errores, cayendo una y otra vez…, pero sigo en pie, buscando desesperadamente todos aquellos abrazos, el refugio y la protección que no tuve en su momento.

Duele. Este nuevo proceso es sumamente doloroso, pero estoy dispuesta a destapar y a dejar de evitar para que nunca más vuelva a dolerme. Ansío poder encontrarme con lo más hermoso y más espantoso que tengo dentro para elegir de una vez y para siempre aquello que me pertenece de verdad y con lo que quiero quedarme.

http://forogam.blogspot.com/2008/12/testimonio-de-lorena-2-parte.html